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¿De qué lado de la paz estás?

¿Sabías que Mahatma Gandhi, el hombre que cambió la historia sin levantar un arma, nunca recibió el Premio Nobel de la Paz?
Sí, el mismo Gandhi que desafió al imperio británico con la fuerza de la verdad, que enseñó al mundo que la resistencia podía ser pacífica y que la dignidad humana valía más que cualquier bandera.

Paradójicamente, este año el premio fue otorgado a María Corina Machado, quien declaró:

“Hoy, todos quienes defendemos los valores de Occidente estamos con el Estado de Israel, un genuino aliado de la libertad.”

Esa es su visión de la paz: una paz alineada con los intereses geopolíticos, una paz que se pronuncia del lado del poder y no del sufrimiento.
Mientras tanto, Palestina sangra, y los discursos sobre libertad se confunden con los ecos de las bombas.

No es la primera vez que el Nobel deja en evidencia su contradicción.
Donald Trump llegó a ser candidato —nominado por Benjamin Netanyahu—, y Barack Obama lo recibió en 2009, justo antes de aumentar la presencia militar de Estados Unidos en Afganistán.
¿De qué “paz” estamos hablando cuando los premiados respaldan la guerra o la ocupación?

El galardón que alguna vez buscó honrar a quienes trabajaban por la reconciliación y la dignidad de los pueblos parece haber perdido el rumbo.
La paz no puede construirse sobre la injusticia, ni premiarse mientras caen bombas sobre civiles.

Gandhi nunca necesitó un reconocimiento. Su vida entera fue un testimonio de coherencia: creyó que la verdad y la no violencia podían transformar la realidad.
Su paz no se medía por silencios impuestos ni por fronteras vigiladas, sino por la libertad interior y el respeto al otro.

Desde la mirada de la fe, esa paz que el mundo no entiende es la que Jesús anunció en el Sermón del Monte:

“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos e hijas de Dios.” (Mateo 5:9)

Para el seguidor de Cristo, la paz no es ausencia de conflicto ni premio de los poderosos. Es fruto del amor, de la justicia y de la verdad. Es el resultado de ponerse del lado de quienes sufren, de tender la mano en lugar de empuñar el arma, de creer que la reconciliación vale más que la victoria.

Por eso, cuando los premios se vacían de sentido y las palabras se distorsionan, la pregunta de fondo sigue siendo espiritual y moral:
¿De qué lado de la paz estamos?
¿Del lado de quienes justifican la violencia en nombre de la libertad,
o del lado de quienes se atreven a creer, como Jesús, que la justicia y la compasión son el único camino posible hacia el Reino de Dios?