Soy cristiano, y esa es la razón fundamental por la que estuve en la Marcha Mundial por el Clima que se realizó en el marco de la COP30 en Belém do Pará, Brasil. Para mí, la fe va mucho más allá de una doctrina abstracta o un conjunto de creencias privadas; es una llamada urgente a la encarnación y a la acción en el presente. Estoy convencido de que Jesús, el que sanaba a los enfermos y alimentaba a los hambrientos, está aquí y ahora, junto a los que se levantan en las calles y claman por un mundo más justo, sano y habitable para todos. Estar en esa marcha no fue una desviación de mi fe, sino una de sus expresiones más auténticas.
Estar en Belém significó estar en el corazón palpitante de la Amazonía, un lugar cuya salud es literalmente la salud de todo el planeta. Y lo que atestiguamos no fueron solo reportes, sino las cicatrices vivas de la destrucción: la sequía implacable que seca ríos vitales, las inundaciones que borran comunidades de la noche a la mañana y el calor extremo que pone en peligro las vidas de los más vulnerables. Esto nos obliga a reconocer que el problema climático ha trascendido hace mucho tiempo las esferas de lo político y lo económico; es una crisis moral y espiritual que exige una respuesta inmediata de cada uno de nosotros. No podemos simplemente mirar hacia otro lado.
El cambio climático es una profunda injusticia. Afecta de manera desproporcionada a los pobres, a las comunidades indígenas, y a aquellos que ya viven al límite de la subsistencia, es decir, a aquellos a quienes Jesús nos instruyó directamente a servir con amor y dedicación. ¿Cómo podemos profesar amor a nuestro prójimo si, al mismo tiempo, permanecemos cómodos y en silencio mientras la base misma de su sustento, su hogar y su futuro es amenazada y destruida por la codicia y la inacción? La inacción es un fracaso de la caridad. Por eso, para mí, luchar por la justicia climática es un acto esencial de amor al prójimo.
En las calles de Belém, me encontré marchando codo a codo con personas de todas las tradiciones, orígenes y formas de entender la vida: científicos, activistas sociales, líderes indígenas, agricultores, y creyentes de diversas denominaciones. Nos unió un único y poderoso propósito: exigir justicia climática ahora. El mensaje que llevamos a los líderes reunidos en la COP30 fue inequívoco: dejen de priorizar el beneficio corporativo de corto plazo. Dejen de operar bajo la filosofía egoísta del “sálvese quien pueda”. Es hora de poner a la dignidad de las personas y a la integridad del planeta por encima de las ganancias y los intereses particulares.
Ahora que he regresado, llevo conmigo no solo los recuerdos de la marcha, sino la convicción renovada de que la misión continúa. El cuidado de la Creación de Dios no es un tema opcional o un apéndice de la agenda eclesial; es una responsabilidad fundamental que está entretejida en el tejido mismo del evangelio. La lucha por un futuro sostenible y justo es un campo de misión urgente y permanente. Desde mi fe, reafirmo que la esperanza no es una pasividad expectante, sino una fuerza que nos impulsa a la acción. Seguiremos levantando nuestra voz, porque la tierra clama y nuestro Dios está con los oprimidos.

