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La estupidez humana

“Contra la estupidez humana, hasta el propio Dios lucha en vano”.
La frase incomoda porque desnuda algo profundo: incluso cuando la realidad grita, hay quienes deciden taparse los oídos.
No importa cuán evidentes sean los casos de corrupción, ni cuán burda resulte la manipulación de los datos —como ocurre con la inflación—. No importa el sufrimiento concreto de jubilados que no llegan a fin de mes, de personas enfermas abandonadas, de vidas que se rompen lejos de los discursos oficiales. Siempre habrá quienes, aun desde el hambre y la angustia, defiendan a quienes les hacen daño.
Es una paradoja cruel: el poder que miente, ajusta y descarta encuentra defensores entre sus propias víctimas. Se justifican los golpes con promesas futuras, se relativiza el hambre con estadísticas maquilladas, se llama “sacrificio necesario” a lo que en realidad es despojo. Así, el mal no solo se impone desde arriba; también se sostiene desde abajo, cuando la dignidad se cambia por lealtad ciega.
Lo más desconcertante no es la injusticia en sí. La historia humana está llena de injusticias. Lo verdaderamente inquietante es la facilidad con la que aprendemos a convivir con ellas, a explicarlas, a normalizarlas e incluso a bendecirlas. Cuando eso ocurre, la estupidez deja de ser ignorancia y se convierte en decisión.
Porque ya no se trata de no saber, sino de no querer ver. De elegir creer el relato antes que la experiencia concreta del dolor ajeno —o propio—. De defender al verdugo para no admitir que hemos sido engañados. Y en esa elección, lo humano se empobrece, la conciencia se adormece y la injusticia se vuelve costumbre.
Tal vez el primer gesto verdaderamente subversivo hoy no sea gritar consignas, sino animarse a pensar. Mirar la realidad sin filtros, escuchar a quienes sufren, llamar a las cosas por su nombre. No es un acto heroico. Es, simplemente, un acto de dignidad.