derecha fest

Derecha Fest: El odio como espectáculo

“Quizás el problema es que todavía no odiamos lo suficiente a los periodistas”.
La frase no salió de un rincón oscuro de internet ni de un comentario aislado en una charla privada. Fue dicha en un panel oficial de un evento organizado por referentes del oficialismo argentino, ante cientos de personas, en un espacio presentado como festivo, militante, “cultural”. El evento: La Derecha Fest. El lugar: Córdoba. El broche final: la participación del propio presidente Javier Milei.

No estamos ante un exabrupto. Estamos frente a la consolidación de un discurso. Un discurso que no sólo naturaliza el odio, sino que lo celebra. Que no sólo identifica enemigos, sino que los exhibe en público, los caricaturiza, los demoniza. Que no sólo destruye puentes, sino que enseña a aplaudir mientras se dinamitan.

Los ataques a la prensa no son nuevos, pero lo alarmante aquí es su institucionalización. Un gobierno que permite —y en este caso estimula— discursos que promueven el odio hacia periodistas está cruzando un límite extremadamente peligroso. Porque cuando el poder señala a un grupo como “el problema”, la historia nos muestra que el siguiente paso no es el diálogo, sino la persecución.

¿Nos parece exagerado recordar al nazismo? Entonces recordemos lo que ocurrió cuando desde un escenario se empezó a hablar de enemigos internos, de “ratas”, de traidores a la patria. La maquinaria del odio no arranca con armas: arranca con palabras. Con discursos repetidos, con bromas que esconden violencia, con festivales disfrazados de comunidad.

Y como si eso no bastara, algunos de los discursos más agresivos se escudan en una supuesta defensa de los “valores cristianos”.
Como evangélico, me resulta doloroso —e inaceptable— que se asocie el mensaje de Jesús con este proyecto de odio. El Evangelio que conozco llama a amar al prójimo, no a destruirlo. A buscar la verdad, no a perseguirla. A dar voz a los que no tienen, no a callar a quienes investigan.

Utilizar el nombre de Dios para justificar el odio no es solo un error teológico: es una blasfemia.
Y el cristianismo, cuando no es cómplice, tiene la obligación moral de decirlo.

No estamos ante un show más. Estamos ante un síntoma claro de una enfermedad política y cultural que avanza con velocidad: la normalización del odio. Y si no se lo enfrenta con firmeza, con memoria, y con verdad, lo que hoy parece grotesco, mañana será norma.

A los que creemos en la democracia, la justicia, la libertad de expresión y el valor sagrado de toda vida humana, nos toca decirlo con todas las letras: el odio no es una idea. El odio es el germen de la violencia. Y nadie que lo promueva puede hablar en nombre de la libertad, ni mucho menos, en nombre de Dios.