Que Donald Trump sea propuesto al Premio Nobel de la Paz es tan coherente como imaginar a Nerón recibiendo el Premio Mundial de Poesía mientras Roma se consumía en llamas. Es tan absurdo como coronar a Judas Iscariote como patrono del Comercio Justo: después de todo, ambos negociaron traiciones con besos. O como conceder un premio de jardinería sostenible a un ejército de toros sueltos en una tienda de porcelanas: el resultado es siempre el mismo, tierra arrasada, fragmentos rotos, promesas hechas añicos. Y sin embargo, este sinsentido ya no es solo una figura retórica ni una ironía literaria: es una propuesta real, firmada y promovida por Benjamín Netanyahu, primer ministro del Estado de Israel y actual socio político y militar de Trump en una campaña de violencia impune.
Netanyahu —quien ha sido ampliamente señalado por organismos internacionales, líderes religiosos, académicos, periodistas y defensores de los derechos humanos como uno de los principales responsables de la ofensiva desproporcionada, sistemática y brutal contra la población palestina— propone a su aliado estadounidense como candidato al mayor reconocimiento internacional de la paz. Trump, cuya gestión estuvo marcada por la normalización del discurso de odio, la militarización de las fronteras, la negación del cambio climático, la criminalización de migrantes y una política exterior basada en la amenaza y el aislamiento, sería así postulado como símbolo de reconciliación y diálogo. ¿Es una broma? No. Es un síntoma.
Un síntoma de un mundo en el que las palabras han sido vaciadas de sentido, donde “paz” puede nombrar la dominación, donde los premios se vuelven instrumentos de propaganda, donde la historia se reescribe al ritmo del poder. Es el mundo donde las víctimas son acusadas de provocar su propio sufrimiento, y los victimarios, revestidos de trajes diplomáticos, son celebrados como pacificadores.
Trump fue el artífice del llamado “Acuerdo del Siglo”, un intento de imponer a Palestina un modelo de sumisión disfrazado de tratado. Su administración trasladó la embajada estadounidense a Jerusalén, desoyendo el consenso internacional y dinamitando décadas de frágil diplomacia. Su visión de la paz siempre fue vertical: un orden impuesto por la fuerza, una obediencia garantizada por muros y drones.
Que Netanyahu sea quien lo nomina es más que una anécdota: es una declaración de principios. Ambos comparten una visión bélica del mundo, donde la seguridad de algunos se construye sobre la humillación, el encierro y el exterminio de otros. No se trata solo de una nominación absurda, sino de un intento de legitimar un modelo: el de la paz de los cementerios, el de la justicia sin justicia, el de la memoria amputada.
Hoy, mientras Gaza sufre una catástrofe humanitaria sin precedentes, mientras la ocupación continúa robando tierras y futuros, mientras miles de voces claman por alto al fuego, por dignidad y por vida, esta postulación no puede ser leída como un simple desatino. Es una provocación. Es una herida. Es la burla final.
Frente a eso, nuestra tarea no es solo denunciar el sinsentido. Es recuperar el valor de las palabras. Es recordar que la paz no es la ausencia de conflicto, sino la presencia de justicia. Que no se construye sobre ruinas ni sobre el olvido. Que no puede llevar el nombre de quienes siembran odio, dividen pueblos, arman guerras o convierten la vida en mercancía.
Porque si Trump es Nobel de la Paz, ¿qué nos queda? Tal vez mañana propondremos a los traficantes como héroes de la ética empresarial, a los censores como campeones de la libertad de expresión, a los dictadores como referentes de derechos humanos.
O tal vez no. Tal vez aún estemos a tiempo de resistir el cinismo, de levantar la voz, de llamar por su nombre a la injusticia. Porque el mundo no necesita más farsas. Necesita memoria, verdad y dignidad. Y sobre todo, necesita paz. Pero una paz real. No esta parodia trágica.

