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El púlpito no se mancha

Por más que lo intente, Javier Milei no puede disfrazarse de pastor ni de profeta. Su visita a una iglesia evangélica en Chaco, donde pretendió “predicar” como si fuese uno más entre los creyentes, es un gesto que, lejos de sumar apoyos, expone con crudeza los límites de su proyecto político. No solo fue un intento desesperado de apuntalar su imagen en un sector social clave: fue, sobre todo, un error de cálculo que puede costarle caro.

El presidente creyó que podía instrumentalizar la fe como si fuera un recurso electoral más. Pero cometió un error profundo, casi infantil, que revela su incomprensión del mundo evangélico argentino. Porque, aunque algunos líderes religiosos hayan coqueteado con su figura, el púlpito —para la mayoría de las iglesias— no es un escenario político, es un espacio sagrado. Y lo que hizo Milei en ese altar, con sus exabruptos, insultos velados, referencias mesiánicas y tono desafiante, fue profanar algo que para millones de personas tiene un valor espiritual que está por encima de cualquier campaña.

Como evangélico, y como periodista que ha seguido de cerca el crecimiento de los movimientos religiosos fundamentalistas en América Latina, puedo asegurar que incluso aquellos que simpatizaban con su discurso libertario se sintieron incómodos, usados, y en muchos casos, directamente burlados. Porque Milei no fue a compartir una fe, fue a manipularla. No fue a escuchar ni a dialogar, fue a imponer su personaje.

Este traspié no ocurre en un vacío. Llega en un momento en que el gobierno ya muestra señales visibles de desgaste: los gobernadores peronistas que alguna vez lo acompañaron comienzan a marcarle distancia. El radicalismo, que fue socio clave para la aprobación de sus primeras leyes, hoy se reorganiza y revive la histórica Lista 3 como una opción opositora clara. Incluso dentro de la propia derecha, sus alianzas empiezan a fracturarse, por su incapacidad de construir acuerdos reales, más allá del show y la confrontación.

A esto se suma una economía que no mejora, una inflación que apenas cede al precio de una recesión brutal, una sociedad cada vez más empobrecida y una narrativa del odio que empieza a perder eficacia cuando no hay pan sobre la mesa ni esperanzas en el horizonte.

En ese contexto, la escena del Chaco se convierte en una metáfora perfecta: un presidente que sube al altar sin comprender el lenguaje ni la fe de quienes lo escuchan; que confunde autoridad espiritual con espectáculo; que cree que todo es marketing, que todos pueden ser funcionales a su causa. Pero no. No todos.

Porque hay gestos que no se olvidan. Hay fronteras simbólicas que, una vez cruzadas, no permiten el regreso. Y en su afán de sumar apoyo a cualquier precio, Milei mostró que no entiende ni respeta los códigos más profundos de una comunidad que ha demostrado ser diversa, compleja, y que —pese a sus diferencias internas— no tolera la manipulación de lo sagrado.

Por eso creo que esta visita no fue solo un acto fallido: fue el inicio de su caída. Porque cuando se agota el relato y se pierde el respeto, solo queda el vacío. Y en ese abismo, por mucho que grite, Milei ya no encuentra eco. Solo el eco de su propio descenso. Porque toda pesadilla, incluso esta, tiene un final. Y cada vez parece más cerca.

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