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Evangélicos y la ultraderecha: No es fe, es ideología

No es fe, es ideología

¿Por qué tantos pastores evangélicos terminan abrazando los discursos y prácticas de la ultraderecha? La pregunta incomoda, pero no puede seguir evitándose. La alianza entre ciertos sectores del evangelicalismo y la extrema derecha política no es casual ni pasajera. Responde a una lógica compartida que se expresa, al menos, en cuatro dimensiones.

En primer lugar, ambos discursos promueven un individualismo extremo. La fe se convierte en un vehículo para el éxito personal. Si tenés dinero, salud y estabilidad, es porque Dios te bendice. Si no, es culpa tuya. En este modelo no hay espacio para pensar en estructuras injustas ni en responsabilidades colectivas. Todo se reduce a la autosuperación y la obediencia.

Segundo, la emocionalidad reemplaza al pensamiento crítico. Se construyen figuras mesiánicas que no se pueden cuestionar. El pastor se presenta como ungido por Dios, y el político de turno —cuando comulga con estos valores— también. Se genera así un clima de obediencia ciega que deja sin lugar al disenso, al debate y a la diversidad.

Tercero, hay un rechazo sistemático a la justicia social. Hablar de derechos, de inclusión o de redistribución es calificado de “comunismo”, “ideología de género” o “rebelión contra Dios”. Se criminaliza al pobre y se espiritualiza su dolor, culpabilizándolo por su situación en lugar de comprometerse con su transformación.

Y cuarto, detrás de todo esto hay una búsqueda de poder. Ya no se trata de servir al prójimo ni de ser una voz profética ante el poder. Se trata de acceder al poder, de negociar votos, cargos y subsidios. Aunque eso implique aliarse con lo más autoritario y excluyente del sistema político.

Esta no es la fe que aparece en los Evangelios. Es otra cosa. Es ideología disfrazada de espiritualidad, estrategia disfrazada de misión. Y es urgente que lo digamos, aunque moleste. Porque callar también es tomar partido.