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La ciencia de la solidaridad en el gesto de una vacuna

En las últimas décadas, nuestra nación ha escrito una de las historias de éxito más conmovedoras en la salud pública global. No se trata de milagros ni de casualidades, sino del resultado directo de una visión de Estado: los planes de vacunación de acceso gratuito y universal. La fe en la ciencia, apoyada por políticas de salud pública de amplio alcance, nos ha permitido alcanzar hitos que hoy consideramos un derecho, pero que fueron batallas ganadas contra la enfermedad.

Los números que definen este legado son irrefutables y representan vidas salvadas y futuros asegurados:

Sin Poliomielitis desde 1984.

Sin Sarampión Endémico desde el año 2000.

Sin Rubéola Endémica ni el devastador Síndrome de Rubéola Congénita desde 2009.

La erradicación de la Difteria (2006) y el Tétanos Neonatal (2007).

La notable reducción del 57% en internaciones por neumonía en niños menores de 5 años.

La baja del 82% en la letalidad en menores de 1 año por tos convulsa, gracias a la vacunación en embarazadas.

Estos logros no son solo estadísticas; son el rostro de niños que crecen sanos, de familias que no sufren la pérdida evitable y de un sistema de salud que puede enfocarse en otros desafíos. Es la demostración práctica del poder de la prevención y la equidad. Todo esto es gracias al compromiso de nuestro país con el acceso gratuito a la ciencia para todas las personas.

Sin embargo, este escudo protector se ve hoy amenazado. Quienes se oponen a las vacunas, al ignorar el consenso científico global, hacen mucho más que adoptar una postura personal: socavan la salud colectiva. La desinformación que propagan no solo carece de base empírica, sino que se ha convertido en una herramienta activamente explotada por intereses que buscan generar desconfianza institucional, sembrar la polarización social y erosionar los lazos de responsabilidad mutua.

El acto de vacunarse es, ante todo, un acto de solidaridad y responsabilidad comunitaria. Es extender nuestra protección a los más vulnerables—bebés, ancianos, personas con sistemas inmunitarios comprometidos—que no pueden recibir o responder plenamente a la vacuna.

No podemos permitir que el egoísmo o la ceguera ideológica deshagan décadas de progreso. Proteger nuestro calendario de vacunación no es negociable; es una obligación ética que tenemos con nuestros hijos y con el futuro de nuestra sociedad.