La escena se me presentó como un sketch de humor, pero a medida que la imaginaba, se me fue helando la sangre.
Abrí las puertas del “mercado evangélico del odio” y comenzaron a llegar los clientes.
El primero, decidido, pidió:
—Dame medio kilo contra la ideología de género y 200 gramos contra el comunismo… pero del fuerte, como el que usamos en las marchas con Milei.
El siguiente solicitó:
—Poneme medio kilo contra inmigrantes y contra el marxismo cultural, que el domingo tengo que dar un sermón patriótico.
Una señora, con la seguridad de quien sabe lo que quiere, pidió:
—Odio contra mapuches… y, ya que estamos, 300 gramos de apoyo ciego a Donald Trump.
Pero el que más gastó fue uno que llegó con convicción:
—Dame un kilo entero de defensa ciega al Estado de Israel… mezclado con unos versículos bíblicos fuera de contexto, para que parezca más “bíblico”.
Finalmente, un último cliente quiso comprar al por mayor odio contra los palestinos. Pero tuve que disculparme: ya no quedaba nada. La última tanda se la había llevado un grupo de intercesión llamado “Argentina cristiana”.
Podría parecer un chiste. No lo es. Este mercado existe. No tiene balanzas ni toldos, pero funciona todos los días en redes sociales, púlpitos, conferencias y cadenas de WhatsApp. No vende frutas ni verduras, sino prejuicios. No reparte pan, sino miedo. No multiplica peces, sino enemigos.
El negocio del miedo
Lo más inquietante es que este mercado no es espontáneo: es una maquinaria bien engrasada. Funciona con marketing político, financiamiento internacional y una red de influencers y predicadores que saben que el miedo es una moneda más rentable que la esperanza. Y que el odio, revestido de religiosidad, vende.
En América Latina lo hemos visto con claridad: líderes evangélicos abrazando sin pudor a Bolsonaro, Milei o Trump; discursos que bendicen la represión, justifican la desigualdad y minimizan la violencia contra mujeres, pueblos originarios y migrantes. Siempre hay un enemigo de turno, siempre hay una “batalla espiritual” convenientemente alineada con intereses políticos y económicos.
Versículos fuera de contexto
El mecanismo es simple y peligroso: tomar un versículo bíblico, arrancarlo de su contexto histórico y literario, y usarlo como arma para validar prejuicios. Así, se invierte el sentido del evangelio: las buenas noticias para los pobres se convierten en buenas noticias para los poderosos; el llamado a recibir a los extranjeros se transforma en excusa para rechazarlos; el mandato de amar a los enemigos se reemplaza por un permiso para demonizarlos.
La Biblia deja de ser Palabra viva y se convierte en un catálogo de municiones para la guerra cultural.
Un problema dentro de casa
Como protestante, esta denuncia no la hago desde fuera, sino desde dentro. Me duele porque este no es el cristianismo que conocí en el evangelio. El Cristo que se hizo pequeño, que lavó pies, que abrazó a marginados y marginadas, no reconocería su rostro en este mercado.
Y aquí es donde el sarcasmo se convierte en lamento: estamos viendo comunidades enteras convertirse en sucursales de este mercado, repitiendo consignas como si fueran doctrinas, confundiendo el seguimiento de Jesús con la militancia partidaria de ultraderecha, y entregando el testimonio cristiano a cambio de relevancia política.
Cerrar el mercado
Este mercado no va a cerrar solo. Se alimenta de nuestra indiferencia y de nuestro silencio. Si quienes creemos en un evangelio de paz, justicia y amor no lo denunciamos, seguirá creciendo. Cerrar este mercado implica volver a las raíces del mensaje de Jesús, dejar de predicar contra “enemigos” y comenzar a anunciar la buena noticia del Reino que no conoce fronteras.
El apóstol Pablo lo escribió con claridad: “Si no tengo amor, no soy nada”. Y sin amor, nuestra fe se convierte en simple mercancía.
Por eso, frente a este mercado evangélico del odio, no basta con reírnos de su absurdo. Hay que desenmascararlo, denunciarlo y, sobre todo, proponer una alternativa: una iglesia que no pese el odio en gramos, sino que reparta gracia a manos llenas.
Ese es el único comercio que vale la pena.

