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No te falta información, te falta…

“País que está asesinando niños a sangre fría.”
Es una frase que incomoda. Una afirmación que suena extrema, dolorosa, insoportable. Pero es real.
¿En quién pensás cuando la escuchás?

Y si a eso le sumamos: “País que, desde 1948, viene ocupando el territorio de su vecino con la justificación de que esa tierra le fue prometida por Dios”, ¿te suena aún más claro? ¿Más reconocible?

Ahora sumá esta tercera escena: “País que mantiene desde 2007 el bloqueo total de una región, impidiendo que millones de personas entren o salgan libremente, y que limita deliberadamente el ingreso de alimentos, medicinas, combustible y agua.”
¿Todavía tenés dudas sobre de qué país estamos hablando?

No hace falta nombrarlo. La violencia de sus actos habla por sí sola. Lo vimos durante décadas. Lo vemos hoy. Lo vemos en tiempo real.

Pero vamos más allá.

Imaginá ahora otro país. Uno que ha invadido decenas de naciones en los últimos 70 años, en nombre de la paz, de la democracia, de la libertad.
Uno que tiene más de 800 bases militares distribuidas en todos los continentes, como si el mundo entero fuera su campo de operaciones.
Uno que espía, que desestabiliza, que sanciona, que impone bloqueos económicos con consecuencias devastadoras para pueblos enteros.

Y sí, uno que persigue y encarcela periodistas —como Julian Assange— no por inventar mentiras, sino por decir la verdad: por mostrar con documentos y videos los crímenes de guerra cometidos por ese mismo país que se autodefine como guardián de la libertad.

Ahora te pregunto: ¿en qué países pensaste?
Uno de ellos se victimiza. Usa su historia de dolor —real, profunda, desgarradora— como escudo para justificar lo injustificable. Como si el sufrimiento fuera un pasaporte para matar sin consecuencias.
El otro se presenta como salvador del mundo, mientras reparte bombas, armas y caos en nombre de ideales que traiciona todos los días.

Ambos comparten algo: el poder de controlar el relato. De aparecer como víctimas o héroes, cuando en realidad son victimarios. Ambos cuentan con el respaldo de los grandes medios, que repiten versiones oficiales mientras ignoran o distorsionan las voces de quienes denuncian.
Y también comparten otra cosa: la impunidad.

Pero hay algo que depende de vos.
Porque si al escuchar estos hechos sentís que te estremecen, si reconocés que sabés de qué países estamos hablando, si viste las imágenes, si leíste los testimonios, si alguna vez compartiste una noticia con bronca o con dolor, entonces lo que te falta no es información.

Lo que te falta es decidirte a hablar.

Y no me refiero solo a publicar un tuit o compartir una historia. Me refiero a algo más profundo: a recuperar el coraje moral para no mirar hacia otro lado. A asumir que no podemos normalizar el horror, ni quedarnos en silencio mientras pueblos enteros son masacrados, mientras se bombardean hospitales, escuelas y campamentos de refugiados, mientras se condena al hambre o al exilio a millones de personas.

No busco señalar con el dedo. Busco recordarte que el silencio también es una forma de complicidad.
Porque quienes hoy matan, bloquean, invaden y encarcelan, lo hacen sabiendo que una parte del mundo los va a aplaudir, otra los va a justificar… y la mayoría va a callar.

Vos no sos parte de esa mayoría.

Si no te animás a decirlo con tus propias palabras, al menos compartí este mensaje. Porque la verdad, por dolorosa que sea, necesita circular.
Y porque en un mundo lleno de mentiras, cada vez que alguien se atreve a alzar la voz, algo empieza a cambiar.