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Tratar al trabajador como un esclavo no es de buen cristiano

Hay momentos en los que el silencio se vuelve complicidad. Y hay discusiones que no admiten medias tintas. La dignidad del trabajo y de quienes trabajan es una de ellas. No todo es opinable cuando está en juego la vida concreta de las personas.

Si un empleador puede decidir que hoy una persona trabaje ocho horas, mañana doce y pasado mañana dieciséis, no estamos hablando de flexibilidad ni de modernización. Estamos hablando de abuso. Se rompe el ritmo natural del cuerpo, se deteriora la salud, se desordena el descanso y se desarma la vida familiar. El tiempo deja de ser propio y pasa a estar al servicio de la rentabilidad. En otras palabras: se produce una apropiación de la vida ajena.

La Biblia es clara y sorprendentemente actual en este punto. El mandamiento del descanso no fue pensado solo como una norma religiosa, sino como un límite al poder. El día de descanso aparece como una barrera contra la explotación: nadie —ni siquiera el amo— puede disponer ilimitadamente del tiempo del otro. Cuando ese límite se borra, reaparece la esclavitud, aunque se la disfrace con contratos, discursos de eficiencia o promesas de crecimiento.

Desde esta perspectiva, resulta profundamente contradictorio que personas que se dicen cristianas apoyen reformas laborales que habilitan jornadas extensas, inestables e imprevisibles, y que permiten despedir sin indemnización, como si el trabajador o la trabajadora fueran piezas intercambiables. Quitar derechos no genera trabajo digno; genera miedo, sumisión y precariedad.

El cristianismo no nació aliado a los poderosos, sino como una voz incómoda frente a los sistemas que oprimen. Jesús no habló en abstracto del amor al prójimo: lo encarnó defendiendo cuerpos cansados, mesas compartidas, tiempos de descanso y vidas concretas. Cuando el lucro se vuelve más importante que la persona, el Evangelio deja de ser buena noticia y se transforma en una coartada.

Decir que el mercado debe tener libertad absoluta es olvidar que la libertad sin límites para el fuerte siempre termina siendo esclavitud para el débil. La historia lo demuestra una y otra vez. Toda legislación laboral nació para poner freno al abuso, no para entorpecer el desarrollo. Sin reglas, el trabajo deja de ser un derecho y vuelve a ser una mercancía.

Por eso, si alguien se reconoce cristiano o cristiana, no puede mirar para otro lado. No puede bendecir reformas que degradan la vida en nombre de la competitividad. No puede justificar la injusticia con argumentos técnicos ni esconderse detrás de consignas económicas. La fe, cuando es auténtica, siempre toma partido por la dignidad humana.

Defender el descanso, la estabilidad y los derechos laborales no es una postura ideológica: es una posición ética y espiritual. Es afirmar que la vida vale más que la ganancia y que ninguna empresa tiene derecho a disponer del tiempo, del cuerpo y del futuro de una persona como si fuera un recurso descartable.

Tratar al trabajador como un esclavo no es de buen cristiano. Es, sencillamente, negar el corazón mismo del Evangelio.